Hoy quiero compartir una experiencia que me hizo replantearme una pregunta aparentemente sencilla:
¿Qué ocurre cuando una clase que has preparado con todo el cuidado del mundo, sencillamente, no funciona?
La respuesta, en mi caso, fue transformar por completo la experiencia de aprendizaje.
El punto de partida: una clase que se estaba torciendo
Era mi primer año como profesora-tutora de un grupo de 25 estudiantes de primer curso del Ciclo Formativo de Grado Superior en Higiene Bucodental. Nos encontrábamos en el segundo trimestre y había percibido un cambio importante respecto al inicio de curso.
Era un grupo heterogéneo, con distintos ritmos de aprendizaje, que mostraba menos motivación, participación e iniciativa que durante el primer trimestre. En algunos estudiantes también había observado cierto decaimiento y una mayor tendencia a posponer la entrega de tareas, algo que parecía estar influyendo en la dinámica general del grupo.
Y entonces llegó Prevención de Riesgos Laborales.
Confieso que nunca había sido el contenido que más me apasionaba, así que precisamente por eso me había esforzado muchísimo en que quedara bien. Había estudiado, organizado los contenidos y elaborado un PowerPoint muy visual.
Mi planificación parecía impecable: una buena clase magistral para explicar los factores de riesgo laboral y un debate final para consolidar lo aprendido.
Pero la vida —y el aula— tenían otros planes.
Desde el principio me costó captar su atención. Cuanto más intentaba explicar, menos conectábamos. Yo seguía hablando mientras, al mismo tiempo, pensaba qué podía hacer para reconducir la situación.
Hasta que decidí parar.
Me quedé en silencio y les pedí que escribieran en un papel tres ideas de todo lo que acababa de explicar.
El resultado fue revelador: algunos apenas consiguieron escribir algo; otros se miraban entre sí y algunos ni siquiera lo intentaron.
Ahí estaba la evidencia que necesitaba: mi forma de enseñar en aquel momento no estaba generando el aprendizaje que buscaba.
Así que cambié la pregunta.
Ya no se trataba de:
¿Cómo consigo que me escuchen?
Sino de:
¿Qué necesitan hacer ellos para aprender?
Y entonces recordé una dinámica que yo misma había experimentado años atrás como alumna y, sin dudarlo, la apliqué. La sesión en la que estaba era de dos horas y apenas había consumido veinte minutos. ¡Me iba a dar tiempo a rehacerlo todo!
De escuchar una clase magistral a “salvar vidas”
— Sesión 1 (2 horas)
Les propuse reorganizar el aula. Formamos cinco equipos aleatorios de cinco personas, cubrimos las mesas con papel blanco y colocamos rotuladores de colores en el centro.
Aquello ya despertó su curiosidad.
—Vamos a jugar.
Ahora sí tenía todas las miradas.
—¡Vamos a hacer un World Café!.
El World Café es una metodología de conversación y construcción colectiva basada en pequeños grupos que dialogan alrededor de cuestiones relevantes. Las personas van rotando entre diferentes mesas mientras un anfitrión permanece en cada una, recoge las aportaciones realizadas y las conecta con las de los grupos siguientes.
De esta manera, las ideas circulan, se enriquecen y permiten construir conocimiento de forma colaborativa (The World Café Community Foundation, 2015).
Pero yo no quería empezar hablando de factores de riesgo, definiciones o clasificaciones. Quería empezar por un problema que importara.
Así que planteé el reto central:
¿Cómo podemos evitar que las personas enfermen o incluso pierdan la vida en el trabajo?
Su misión sería salvar vidas y proteger la salud de las personas trabajadoras. Para conseguirlo tendrían que observar, analizar, debatir y tomar decisiones ante diferentes realidades laborales.
Entre todos elegimos cinco sectores: construcción, restauración, clínica dental —su futuro entorno profesional—, un centro educativo y un laboratorio químico.
Cada sector ocupó una mesa.
En cada una debían responder a dos cuestiones fundamentales:
1.-¿Qué riesgos y peligros encontramos aquí?
2.-¿Qué podríamos hacer para evitar que dañen la salud de las personas?
Así funcionó nuestro World Café:
Realizamos cinco rondas de diez minutos. Al finalizar cada ronda, cuatro integrantes rotaban hacia la siguiente mesa mientras el anfitrión permanecía en ella.
El papel del anfitrión era fundamental: se convertía en el “guardián” de aquel sector. Debía escuchar, comprender y conservar las aportaciones realizadas para explicárselas al siguiente grupo, que partía de ese conocimiento para ampliarlo, cuestionarlo o enriquecerlo.
Había una norma esencial: lo construido por los demás se respetaba y permanecía sobre la mesa.
Al principio estaban algo tímidos. Después, la conversación empezó a fluir.
Mientras recorría las mesas los escuchaba identificar riesgos, plantear medidas preventivas y compartir situaciones laborales que conocían a través de familiares o amigos.
Sin darse cuenta, estaban empezando a pensar como profesionales de la prevención.
Terminamos con una puesta en común de veinte minutos y los resultados de cada mesa quedaron expuestos en las paredes del aula.
Pero la experiencia no iba a terminar allí, porque había una segunda sesión de 1 hora para trabajar en esta temática.
Entre sesiones: una mirada al pasado para comprender el presente
Para conectar ambas sesiones seleccioné el vídeo de RTVE “primera campaña de salud laboral” en el que comentaban la evolución de la salud laboral en España desde los años sesenta, cuando nuestro país presentaba unos elevados índices de accidentalidad laboral.
El recurso recorría algunos hitos de esa evolución, como las primeras campañas de salud laboral y el Plan Nacional de Higiene y Seguridad en el Trabajo de 1971, y planteaba también los retos derivados de los cambios en la maquinaria, los ritmos y las formas de organización del trabajo (Radio Televisión Española [RTVE], 2011).
El alumnado debía visualizarlo en casa antes de la siguiente sesión.
Mi intención era que no se limitaran a saber qué es la prevención, sino que pudieran comprender también por qué surgió y para qué la necesitamos.
Y dejarles una nueva pregunta:
¿Cómo podemos organizar el trabajo para proteger mejor la salud de las personas?
Sesión 2. Ordenamos, conectamos y construimos conocimiento
-(1 hora)
Comenzamos recuperando las ideas del vídeo y abriendo un breve debate.
Después volvimos a los materiales creados durante el World Café, pero formamos nuevos grupos. Entregué tarjetas de cuatro colores y planteé un nuevo desafío: clasificar todos los riesgos que habían identificado en los cinco sectores según los diferentes factores de riesgo laboral.
De esta forma, aquello que habían descubierto primero desde la experiencia comenzaba ahora a organizarse y conceptualizarse.
Además, cada grupo asumió la responsabilidad de explicar al resto de la clase uno de los conceptos esenciales:
1-¿Qué entendemos por salud?
2-¿Cuáles son los factores de riesgo laboral?
3-¿Qué son las medidas de prevención?
4-¿Por qué es importante la PRL?
5-¿Qué riesgos tendremos que cuidar especialmente en una clínica dental?
Esta vez, la explicación no la hice yo.
La construyeron ellos.
La sesión de una hora quedó organizada en cuatro momentos:
-10 minutos de activación y debate sobre el vídeo,
-25 minutos de clasificación y trabajo colaborativo,
-20 minutos de explicación entre iguales y síntesis,
y 5 minutos de cierre.
Con todo lo aprendido elaboré posteriormente una infografía sobre los factores de riesgo laboral en una clínica dental, que quedó como recurso de consulta para el alumnado y que podrás descargar en esta web dentro de “recursos para el alumnado”.
Una misma clase, dos formas completamente diferentes de aprender
Al terminar la experiencia quise analizar qué había cambiado realmente. Porque transformar una clase no consiste simplemente en sustituir una explicación por una dinámica más atractiva.
Habían cambiado la comunicación, los roles y, sobre todo, lo que cognitivamente estaba haciendo el alumnado.
1. De una comunicación unidireccional a una conversación que construye conocimiento
En el planteamiento inicial predominaba una comunicación unidireccional:
Docente → alumnado
Yo seleccionaba, organizaba y transmitía la información. Ellos escuchaban y el espacio para intervenir quedaba prácticamente relegado al debate final.
Con el rediseño apareció una comunicación multidireccional:
alumno ↔ alumno | grupo ↔ grupo | anfitrión ↔ nuevos grupos | alumnado ↔ docente | grupo ↔ aula
El conocimiento dejó de circular en una única dirección. Las ideas se explicaban, contrastaban, cuestionaban, ampliaban y volvían a ponerse en común.
La comunicación dejó de ser únicamente el vehículo para transmitir el contenido y pasó a convertirse en parte del propio proceso de aprendizaje.
2. El alumnado: de receptor a constructor
El cambio en el rol del alumnado fue especialmente evidente.
*ANTES — Clase magistral
Oyente/receptor: escucha la explicación.
Anotador: registra conceptos e información.
Observador: recibe los ejemplos planteados por la docente.
*DESPUÉS — Experiencia rediseñada
-Investigador: observa situaciones laborales e identifica riesgos.
-Conversador y colaborador: argumenta y construye respuestas con otros.
-Anfitrión: escucha, sintetiza y comunica el conocimiento generado.
-Conector: relaciona las aportaciones de distintos grupos.
-Clasificador: organiza los riesgos encontrados y construye categorías.
-Decisor: valora posibles medidas preventivas.
-Comunicador: explica al resto lo aprendido.
El alumnado dejó así de limitarse a recibir información para asumir mayor responsabilidad sobre su propio proceso de aprendizaje y participar en tareas colaborativas y de resolución de problemas.
3. Mi papel como docente también cambió
La transformación del alumnado implicó necesariamente transformar mi propio rol.
ANTES
Era la principal fuente de información: seleccionaba el contenido, lo organizaba, lo explicaba y dirigía la comunicación.
DESPUÉS
Mi responsabilidad fue diseñar la experiencia: plantear el reto, preparar el entorno, organizar los grupos y las rotaciones, observar lo que sucedía, formular preguntas, acompañar el proceso y ayudar finalmente a consolidar y estructurar el aprendizaje.
Mi protagonismo disminuyó durante la ejecución de la actividad, pero mi responsabilidad como docente no. Simplemente cambió de lugar.
En este nuevo escenario asumí un papel de facilitadora del aprendizaje y adopté dos de los nuevos roles docentes descritos por González (2015): coach y DJ. Como coach, acompañé y orienté al alumnado durante el proceso sin proporcionarle directamente las respuestas; y, como DJ, seleccioné y combiné recursos, dinámicas y estrategias para diseñar una experiencia adaptada a las necesidades que estaba observando en el aula.
Dejé de preguntarme únicamente qué tenía que explicar y empecé a pensar también qué situación debía diseñar para que ellos pudieran aprender.
4. Bloom: cambiar la actividad cambió también la forma de pensar
La transformación resulta todavía más evidente al analizar la experiencia desde la taxonomía de Bloom (Bloom et al., 1956).
Tal como había diseñado inicialmente la sesión, la actividad cognitiva exigida al alumnado se concentraba fundamentalmente en los niveles iniciales: recordar y comprender. La pequeña actividad de recuperación que realicé al detener la explicación mostró, además, que incluso recordar algunos conceptos estaba resultando difícil.
Con el rediseño, las tareas permitieron recorrer progresivamente los seis niveles:
*Recordar → recuperar conceptos de la explicación inicial y relacionarlos con la experiencia vivida.
*Comprender → explicar con sus propias palabras qué constituye un riesgo y por qué puede afectar a la salud.
*Aplicar → utilizar esos conocimientos en cinco contextos laborales diferentes.
*Analizar → identificar, diferenciar y clasificar riesgos presentes en cada situación.
*Evaluar → debatir las propuestas de los compañeros y valorar posibles medidas preventivas.
*Crear → construir colectivamente propuestas, clasificaciones, conclusiones y materiales propios.
Por tanto, el cambio metodológico no consistió únicamente en conseguir que la clase fuera “más entretenida”. Cambió lo que el alumnado tenía que hacer con el conocimiento.
Y ahí está, para mí, la verdadera transformación.
La experiencia, de un vistazo
La secuencia completa quedó articulada así:
Situación inicial → evidencia de aprendizaje → reto → World Café → análisis de situaciones reales → construcción colectiva → vídeo → reflexión → clasificación y conceptualización → explicación entre iguales → síntesis.
O, dicho de una manera todavía más sencilla:
-SESIÓN 1
¿Qué riesgos existen y cómo podemos prevenirlos?
World Café, análisis de cinco sectores y construcción colectiva.
-ENTRE SESIONES
¿De dónde viene la PRL y por qué necesitamos la prevención?
Visualización del recurso audiovisual.
-SESIÓN 2
¿Cómo clasificamos esos riesgos y cómo construimos una verdadera cultura preventiva?
Debate, clasificación, explicación entre iguales y síntesis.
Recursos utilizados y creados
Durante la experiencia utilicé o generé cuatro recursos principales:
-Guía de World Café, como referencia para el desarrollo de la dinámica. (descárgala en el área de innovación educativa)
-Vídeo Primera campaña de salud laboral, de RTVE, utilizado entre ambas sesiones. (Puedes ver el vídeo en el área de innovación educativa)
-Juego de tarjetas, elaborado a partir de los cuatro factores de riesgo identificados en los diferentes sectores profesionales.
-Infografía sobre factores de riesgo en una clínica dental, disponible también en la sección Recursos para el alumnado de Estoy inFOL. (Descárgala en el área de recursos para el alumnado)
Materiales necesarios para replicar la actividad: papel continuo o manteles de papel para cubrir las mesas, tarjetas de colores, notas adhesivas y rotuladores.
¡Lo que aprendí yo con esta experiencia!
Cuando terminaron las dos sesiones me sentí satisfecha con lo que había ocurrido en el aula. Pero, al reflexionar sobre la experiencia, comprendí que el mayor aprendizaje quizá no había sido el suyo.
Había sido el mío.
Porque no fue el World Café lo que transformó aquella clase...
Fue dejar de preguntarme cómo conseguir que me escucharan y empezar a preguntarme:
¿Qué necesitan hacer ellos para aprender?
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